Tengo una crisis para ti.
Ya empieza el show (aplausos)
de las 60 voces.
Y si te como en el parquet… Fiesta
con mis vocecillas, qué ilusión.
Hay un Phil Collins en mi cabezón.
Marlene, la vecina del ártico (Maniobras de escapismo, Love of Lesbian)
Tengo una crisis para ti.
Ya empieza el show (aplausos)
de las 60 voces.
Y si te como en el parquet… Fiesta
con mis vocecillas, qué ilusión.
Hay un Phil Collins en mi cabezón.
Marlene, la vecina del ártico (Maniobras de escapismo, Love of Lesbian)
Suena el despertador gritando como una gallina, lo apago, corro a la ducha, me seco, me visto, pienso en café… no me da tiempo, salgo de casa, me pongo la cazadora por las escaleras, corro hacia la parada del autobús, me subo a él por los pelos y…
Me amo
Mi canción preferida de últimamente para escuchar cuando te levantas y tienes tiempo de escuchar, en mi caso, en el autobús. Me amo y Villancico para mi cuñado Fernando que, por alguna razón, me hace mucha gracia.
Cuentos chinos para niños del Japón de Love of Lesbian
(mi grupo favorito de esta quincena)
Crujen los barrotes de hierro cuando enganchan sobre ellos el enorme plástico que los cubre. Como cualquier día a estas horas, los vendedores ya están armando los puestos y sacando todos los bártulos a la venta. Parece que puesto y enseres van a terminar en el suelo, pero consiguen soportar sus ochos horas de trabajo a pesar del óxido y de su inclinación respecto al suelo. Su amago de perpendicular es muy parecido al mío cuando camino entre ellos. Contagio del ambiente, sincronía.
Se me ha vuelto a hacer tarde otra vez. Entre copas y conversaciones repetidas una y otra vez, me ha dado la hora del pincho de tortilla y aún sigo sin dormir. Decido engullir el pincho rápidamente para dejar de apestar a güisqui revenido y me presento en el banco. Las piernas me pesan y, a pesar de que sólo hay cuatro personas delante, me parece una cola interminable. Por fin llega mi turno, balbuceo que voy a hacer un ingreso, entrego un papel y el dinero que, después de haberlo contado varias veces, no me fío de que esté bien, por lo que obligo al hombre que está sentado tras el ordenador y un mostrador más alto que él a que lo vuelva a contar, fijando previamente su mirada en mis ojos perfilados de rimel corrido y legañas negras. Me dice que es correcto y suelto un “gracias, hasta luego” envuelto en una bocanada de aire etílico.
Ya he conseguido hacer algo de provecho, ahora sí me puedo ir a dormir tranquila, no sin antes pensar en “joder cuánto te quiero” y en “joder cuánto me desprecias” y en que destrozaría tu preciosa vida de comodidad si quisiera, pero no quiero. Así que me meto en la cama y me abrazo a mis cojines y me quedo dormida entre lágrimas y mocos… y más mocos.
Conocí a una mujer
que una noche nublada
se clavó un alfiler
para ver las estrellas.
Si todo puede ser tan fácil,
si siempre puede ser tan fácil.
Me clavé un alfiler
para ver lo que ella,
me clavé una mujer
y ahora ya no sé,
y ahora ya no sé…
(Fantasma, Los Amores Ridículos)
Se lavaba las manos constantemente. Eran manos de pianista sin piano, con dedos largos y uñas brillantes. Se dedicaba a hacer todo lo que un hogar requiere para ser considerado pulcro, pero sentía dentera al tocar. Se imaginaba todo tipo de bacterias y organismos microscópicos solapados sobre la mesa, la silla, la ventana… Su padre había sido médico. Dicen que no hay peor enfermo que un médico. Sólo ellos saben cuándo las cosas ahí dentro no van bien y, en una época en la que el catarro era un síntoma mortal, el médico era un hipocondríaco con títulos.
Heredó su hipocondría. Miraba constantemente sus manos y abría las puertas con los codos, pensando que así, los bichos insalubres se quedarían pegados en la parte trasera de su brazo. Al menos esa parte del cuerpo no tocaba su cara cuando se rascaba los ojos, se quitaba las legañas o hacía estallar alguna espinilla. Sus codos le abrían paso, eran como el cinturón de seguridad para el tacto. Sin embargo, olvidó tomar precauciones con el aire, con el paladar, con su propia sangre… Los bichos le crecieron dentro.
— ¿Te gustan los anales?
— ¡¿Los anales de la historia?!
—Se sonroja.
— No, tío, enchufarla por detrás.
— Me gustaría probar.
— ¿Y se la enchufarías a un tío?
— No.
— ¡Curioso! Es lo mismo pero…¿Qué te gustaría, tocar una tetilla mientras tanto? Te entiendo. Yo también quiero probar los anales.
No sé cuántos años tendría, pero por entonces los niños aún jugaban en la calle. Recuerdo que las chicas del barrio incluso sacábamos a las Barbies de casa y sentadas en el suelo jugábamos a vestirlas y peinarlas.
Uno de los vecinos, un post adolescente solitario que en la actualidad es un ex heroinómano divorciado, corría de un lado a otro montado en su bicicleta y experimentaba con su cuerpo los condimentos químicos que algún camello le pasaba a buen precio. Era y es una de esas personas que jamás sonríe, con una mirada que si la has visto alguna vez es imposible olvidar, quizá por morbo, quizá por miedo… Una mirada hecha por unos ojos que son una mezcla de persona sufridora y de malo de película.
Fue uno de aquellos días de Barbies, calle y pantalones sucios. Él iba montado en su bicicleta y yo caminaba, probablemente en busca de algún balón que se nos había escapado. De repente le vi a escasos metros pedaleando. Iba muy deprisa y se dirigía hacia mí. No me daba tiempo a apartarme de su camino. Lo único que recuerdo es que me caí al suelo y bicicleta y vecino pasaron por encima de mi espalda. Instantes después, me di cuenta de que estaba tumbada en el suelo, sola, así que me levanté notando el dolor y salí corriendo aterrorizada y pensando: “Esto huele a castigo”. Sabía que alguien había hecho algo mal, pero no sabía si había sido él por atropellarme o yo por estar en medio.
Nadie vio lo que había ocurrido y a nadie se lo dije, así que yo misma lo olvidé. Apenas me dolió la espalda y al día siguiente supongo que bajaría a jugar como todos los días.
Hace un año fuimos a pasar el día a Ámsterdam con la intención de conocer el Barrio Rojo y, sobre todo, de conocer los famosos coffee-shops. Había calles en las que estaba prohibida la entrada a menores y eran tan estrechas que sólo podían pasar una o dos personas a la vez. A ambos lados, por supuesto, había prostitutas de todos los colores y tamaños vendiéndose al mejor postor. Otras calles mucho más amplias iban a parar a los canales y puentes que cruzan todo Ámsterdam y estaban plagadas de bicicletas que circulaban hacia todas partes. Un paso en falso y podías caer al suelo empujada por un biciclo. Fue entonces, agobiada en medio de un montón de bicis cuando recordé la historia del vecino que se me subió a la chepa.
- Acaba de entrar en el mundo online. Se encuentra en la Web 2.0. Como puede ver está situada en medio de blogs, fotologs, myspace y otras versiones de diarios personales públicos. Si necesita algo, escriba y le atenderemos lo más rápido posible. Le deseo una agradable estancia.
- Gracias.